Reto a duelo

Ponme el vestido de tu madre,

y arrójame a un lecho de hortensias,

pues tu puño es un beso en potencia

y me golpea la idea de amarte.

 

Pinta mis labios de color furia,

y déjame un rosal sobre la espalda.

Hazme morder el filo de la espada

al término de nuestra tertulia.

 

Sabes bien, no puedo herirte,

por más que invente mil bravatas.

Puesto que no sirven mis palabras,

acaba conmigo antes de irte.

 

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Saint Sebastian, de Gerrit van Honthorst.

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Farewell

En el café Los Naranjos, reinaba la paz. Afuera, la lluvia. Dentro, la música jazz sonando a volumen bajo, el aire perfumado por el aroma de las infusiones, y pasteles y postres coloridos por doquier. Terminaba un lunes agitado, de caos tanto en el tráfico como en la oficina. Esa mañana, un grupo de amigos había quedado en juntarse a merendar. Y allí estaban todos sus miembros, menos Enzo.

-Che, ¿dónde se habrá metido? -preguntó Ivo-. Qué manía de hacernos preocupar ese pibe.

-No lo hace al propósito -dijo Paula-. Tenemos que apoyarlo. Y labura acá a tres cuadras, ¿qué te preocupás? Ya va a llegar. Igual falta Joaco también, ¿no?

-Joaco no viene -apuntó Laura-. Hoy empezaba su guardia en el hospital, ¿se acuerdan?

-¡Cómo olvidarlo! -bromeó Franco-. Estuvo una semana entera taladrándonos la cabeza con eso.

Aquel grupo de seis amigos tenía historia. No sólo se conocían del barrio desde muy pequeños, sino que, prácticamente, de todos lados. El colegio, el club, juntadas en casas, escapadas al Tigre. Siempre supieron que su amistad no correría peligro de desaparecer luego de la fiesta de egresados. Nunca tuvieron necesidad de decir ‘¡que no se corte!’, porque eran tan unidos como las partículas de un átomo. Y cuando, años después, la vida laboral y la facultad comenzaron a complicarles los encuentros, acordaron verse al menos una hora a la semana, por lo cual fijaron un lugar de encuentro: el café Los Naranjos.

-Bueno, mientras llega nuestro Enzito -dijo Paula sonriente-, les voy a contar algo que, estoy segura, no se lo esperan…

-Si vas a empezar a dar vueltas haciéndote la misteriosa como siempre, mejor no cuentes nada -objetó Ivo.

-¡Qué mala onda, nene! -increpó Laura-. ¿Otra vez andamos mal con la noviecita?

-Dejalo, dejalo -ignoró Paula-. Lo que les quiero contar es que… ¡conseguí una beca completa para hacer un máster en Madrid!

-¿Es joda? ¡Felicitaciones! -exclamó Franco y salió disparado de la silla para abrazarla.

-¡Qué bueno! Me vas a conseguir una novia española, me imagino -dijo Ivo.

-Vos -señaló Franco- mejor ponete las pilas con la que ya tenés. Y, ya que estamos con noticias, Laura y yo también tenemos algo que contarles, ¿verdad?

-Sí -asintió Laura entre risas, llevando la mano a su panza-. Estoy de tres meses.

-¡¿Qué?! -gritaron al unísono Ivo y Paula, sorprendidos y llenos de alegría.

-¡Voy a ser una tía muy joven y bella! -bromeó Paula.

-¿No se pudieron esperar? ¡Me siento terriblemente viejo!

Ivo felicitó a los futuros padres y se puso muy feliz por ellos, pero de repente el corazón se le hizo muy chiquito, y sintió un nudo en la garganta sin razón aparente. Se disculpó y fue hasta el baño, se desabrochó el cuello de la camisa y se echó un poco de agua en la cara. El aire le faltaba. Era como si su cuerpo le estuviese avisando que algo andaba mal. En ese instante pensó en una única persona. Tomó el celular y buscó su número en la lista de contactos, pero antes de que pudiera presionar send, alguien abrió la puerta y lo llamó por su nombre. Se dio vuelta y ahí estaba él. Sonreía.

-¡Enzo! ¿Dónde te metiste?

-Andaba por ahí, pero ya me voy.

-¿Cómo que ya te vas? ¿No te dijeron nada los chicos? Paula se va a Madrid, ¡Laura está embarazada!

-Escuchame, ya me tengo que ir, pero quería pasar antes para decirte que te quiero. Te quiero mucho.

-Sí, yo también te quiero, pero… ¿te pasa algo?

-¡Cuidate, amigo!

El chico salió por la puerta muy tranquilamente. Ivo se apresuró a secarse la cara y luego lo siguió, pero al llegar a la mesa no lo encontró.

-Vino la camarera -dijo Paula-, y visto y considerando que Enzo no se digna a aparecer, pedimos. Yo pedí por vos, espero que te guste el cheesecake de arándanos.

-Pero si estuvo acá, ¿no lo vieron? Hablé con él en el baño.

En ese momento, la campanilla de la puerta vidriada sonó de repente. Un muchacho había acabado de entrar. Estaba mojado de los pies a la cabeza, agitado como si hubiera corrido cuadras y cuadras bajo la lluvia. Todo el mundo en el café se encontraba conversando muy a gusto dentro de su burbuja y nadie se percató de su presencia, sólo sus amigos, sentados cerca de la entrada.

-Joaco, ¿qué pasó? -preguntó Franco.

-Lo ingresaron a la guardia hace una hora, pero no se pudo hacer nada -dijo sollozando.

-¿A quién, Joaco? -inquirió Laura poniéndose de pie.

-Chicos -contuvo el llanto-. Enzo se suicidó.

 

Dies irae

Bailan bajo el sauce la muerte y mis temores,

leo el estandarte, se acerca mi fin.

Las nubes, negros toros, alcanzan las torres,

traen su lluvia de sangre y jazmín.

Son cuatro los jinetes, bestiales gladiadores

bellos, altos, blancos como marfil.

Los ángeles custodios parecieran cazadores,

surcando las aguas del océano añil.

Veo santos, relámpagos y muchos pecadores,

una grave tormenta de color alelí.

Yo rompo mis venas y las siembro de flores,

la muerte es Natura, yo soy su jardín.

 

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Death on the Pale Horse, de Benjamin West.

Elevado al cubo

Te busqué por la city

por aquellos lugares de antes,

pero supe entonces

que ya no éramos los mismos.

Tuve que decir adiós

a nuestros días de buen arte,

a citarnos en una plaza

a despojarnos del egoísmo.

Porque dolía quererte

y que no te dieras cuenta,

te dije y me dije adiós,

cerrando una pesada puerta.

Así y todo, agradecido

por el regalo tan inesperado.

Fuimos cómplices, sí,

pero nos volvimos complicados.

 

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Stormy Night In Puerto Madero, de Lucas De Feo.

Hetairoi

¿Por qué me das miedo?

Si mis átomos buscan los tuyos,

y va rodando mi corazón

sobre la línea de tu mandíbula.

¿Por qué te quiero lejos?

Si combato estas distancias

con un puñal de olvido,

aunque la vergüenza me gane.

¿Por qué ya no te creo?

Si construiría catedrales,

para estar solos a gusto

y comulgar con tus mentiras.

Es la osadía de tu estatura,

o tu sonrisa de Carrara,

o tu talón de Aquiles oculto

bajo la ropa y las bravuconadas.

¡Ya no quiero temerte!

Dejame que porte tus armas,

para defenderte de los traidores

y deponerlas si hace falta.

Porque me invade el deseo

de rezar en el muro de tu espalda,

desahogarme de rencores,

ser hetairos de tu alma.

 

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Aquiles vendando a Patroclo. Kílix de figuras rojas, 500 a. C.

 

Satélite

Deseo llorar, pero no puedo,

aunque me ronden mares interiores,

agitados por mis tropiezos

y la gravedad de la luna que no se calla.

¡No quiero que me hable!

Como ella es mi alma, pálida y fría,

su aparente brillo es luz del Sol.

¿Seguiría siendo luna sin él?

Que venga ahora mismo,

¡que responda la muy condenada!

¿Quién soy yo sin el recuerdo?

No suyo, sino mío

¡Es a mí a quien extraño!

 

A Carnival Evening by Rousseau

A Carnival Evening, de Henri Rousseau