La bruja

Mi madre tiene la mirada bruja,

la frente horizonte y la sonrisa alborada,

arde y viene, voz trueno y aguja,

como cuarto creciente, luna enamorada.

 

Su pelo monte huele a sahumerio,

a conjuros de lluvia y a jazmines del aire,

vuela sinsonte su amor y misterio,

pájaro libre, que Dios siempre la guarde.

 

Circe_Offering_the_Cup_to_Ulysses_1891Circe offering the cup to Ulysses, de John William Waterhouse.

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Sinsonte

Le pedí al viento que dijera

tu nombre más secreto,

y envolviéndome en su danza

me despojó de tu recuerdo.

 

Pero te amparas en el alma,

hogar que nunca olvido,

sin importar lo que me digan

sigo creyéndonos amigos.

 

Y vas conmigo y yo contigo,

tardecita, flor de monte,

tu voz se guarda primaveras

y las canta cual sinsonte.

 

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Confesión

No recuerdo lo que te dije, pero sí la intención,

quererte quise, eso quise, sin ninguna otra opción.

Y no supe darte mis razones, tampoco mi cariño,

nada adentro, sólo frío, y un espíritu de niño.

 

Pero ama quien lo decide, y te amé hasta el dolor,

olor a noche, balcón blanco, luna en fase de dragón.

No fue el orden celestial de tu mano, espina y rosa,

lo que me hirió fue tu verbo, tu labia mentirosa.

 

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Peonies and irises, de Emil Nolde

El pañuelo blanco

Este cuento es mi versión de una conocida leyenda urbana de zona sur. Ocurrió, según se dice, en un boliche llamado Kethal, que actualmente no existe, pero que estaba ubicado en diagonal al Cementerio de Ezpeleta. Leí en algún rincón de internet que la historia original forma parte de la mitología del Cementerio de la Recoleta, pero a mí me gusta pensar que es autóctona del lugar donde vivo.

 

El reloj digital de la mesa de luz marcaba las 15:25. Conrado se despertó sobresaltado, hiperventilando. Frías gotas saladas caían por sus sienes. Le tomó unos segundos calmarse de la pesadilla y volver a la respiración normal. Se secó el sudor con el dorso de la mano, pero advirtió que no sólo su frente estaba empapada, sino toda su ropa. No se la había quitado para dormir. El dolor de cabeza era tan fuerte que hasta le parecía oír los crujidos de hueso craneal resquebrajándose. La noche anterior había salido con amigos al boliche, como todos los viernes, pero no podía explicar tantas horas de sueño. Casi no había tomado alcohol, lo cual tampoco justificaba la migraña. Cómo había regresado a casa era un misterio. Hizo fuerza, cerrando los ojos, como buscando por cada rincón de su mente. De pronto, recordó.

¡La chica! Se llamaba Mercedes, o al menos eso le dijo ella cuando Conrado, en plan de conquista, se le acercó en la barra y le invitó un trago. Era algo que solía hacer en cada salida. A sus amigos no les gustaba para nada que desapareciera y los dejara en segundo plano para ir a hacerse el galán. La cortejada de esa noche era bonita, no linda como quien dice ‘linda’, pero estaba muy bien arreglada. Con ropa un poco fuera de moda, eso sí, pero con unos ojos grandes y animados cuya oscuridad resultaba muy atractiva. Todo el tiempo sonreía, y de su piel pálida emanaba una especie de resplandor difícil de describir. En su muñeca derecha llevaba atado un pañuelo blanco.

-¿Sos de Ezpeleta? -preguntó Conrado.

-Sí, vivo a unas pocas cuadras, sobre Mendoza. ¿Vos?

-De Berazategui, pero solemos venir con mis amigos.

-Los dejaste solos -comentó Mercedes, y se rió.

-Por un rato, no pasa nada. ¿Y tus amigas?

-Vengo siempre sola.

A pesar de la sonrisa de oreja a oreja de la chica, Conrado notó cierto aire de tristeza y soledad en su mirada. Le resultó un tanto extraño, pero también interesante, por lo cual siguió conversando con ella un largo rato hasta que, estando avanzada la madrugada, le propuso ir a un bar de a la vuelta, donde tomar un café y esperar a que amaneciera. Mercedes aceptó, y allí en el bar hablaron un poco más sobre sus vidas: sus padres, la facultad, los noviazgos, e incluso algunos temas de debate, como la muerte.

-¿Le tenés miedo? -preguntó Mercedes, muy curiosa.

-No, le tengo miedo al dolor -contestó Conrado-. Igual se me hace que morir es como quedarse dormido.

Mercedes estalló de la risa. Se rió tanto que se le llenaron los ojos de lágrimas. Cuando finalmente se detuvieron los espasmos en su diafragma, se disculpó por semejante reacción, porque no quería quedar como una irrespetuosa con alguien que apenas acababa de conocer. Conrado simplemente sonrió y siguió perdiéndose en sus ojos negros.

Bueno -dijo Mercedes, y bebió el último sorbo de café-. ¿Pedimos la cuenta?

-¿Ya te tenés que ir?

-¿Ya? Estuvimos hablando toda la noche y casi amanece.

Luego de pagar y de insistirle durante varios minutos para que le permitiera acompañarla hasta su casa, Conrado logró que Mercedes aceptara y, como yapa, le dejara un número de contacto.

-Sos de los que ganan por cansancio -dijo Mercedes, frotándose los brazos con ambas manos.

-¿Tenés frío? preguntó Conrado, y en un gesto de caballerosidad se sacó la campera de cuero y se la puso sobre los hombros.

Unas cinco cuadras después, ambos llegaron a la puerta de la casa indicada por Mercedes. Se despidieron con un beso, breve, pero apasionado, prometiéndose un encuentro en los próximos días. Conrado volvió sobre sus pasos, buscó su auto en el estacionamiento de Kethal (así se llamaba el boliche) y en lo único que pensó durante todo el viaje fue meterse a la cama, dormir, y soñar con la chica de ojos color noche. Y vaya si lo hizo.

Hasta ahí llegaban sus recuerdos de la noche anterior.

-¡Mercedes! -exclamó para sus adentros, y se sentó en el borde de la cama.

Conrado sintió la imperiosa necesidad de ir a verla, de preguntarle cómo estaba, de contarle que había soñado con ella, omitiendo, obviamente, el detalle de que el sueño había sido una pesadilla. Pero no sabía cómo, porque temía quedar como un intenso, de esos que se enamoran a primera vista, que enganchan de alguien luego de un simple beso. Recordó, entonces, la campera de cuero que le había prestado.

-¡Qué mejor excusa! -se dijo a sí mismo.

Se levantó, se calzó y sólo se cambió la remera. Se encaminó hacia la casa donde se había dejado a Mercedes esa mañana. Golpeó la puerta, y una mujer que parecía tener no más de cincuenta años abrió, y lo miró muy extrañada. Tenía la mirada triste, un semblante de plena melancolía.

-¿Sí?

-Qué tal, señora -saludó Conrado-. ¿Se encuentra Mercedes?

La mujer se puso pálida como una pared pintada con cal. El gesto en su rostro mostraba angustia y enojo a la vez. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

-¿Es una broma? Si lo es, déjeme decirle, muchachito, que es de muy mal gusto.

-No, señora, ¿por qué habría de ser una broma? Mire, la conocí anoche en el boliche, le presté mi campera y la vengo a buscar.

-Eso es imposible, porque Mercedes falleció hace diez años. Y ahora, váyase, si no quiere que le largue los perros por estar molestando a una pobre madre.

-¿Cómo que falleció? -inquirió Conrado, sin entender nada-. Conversé con ella toda la noche.

-Estará confundido. Si no me cree, vaya al cementerio y vea su tumba, está en el ala derecha. Es la que tiene un jazmín florecido a un costado. Y ya déjeme en paz.

La mujer le cerró la puerta en la cara con suma violencia. Conrado no estaba en sí, no comprendía absolutamente nada de lo que acababa de ocurrir. Si Mercedes llevaba muerta ya diez años, ¿quién era la chica del boliche y qué ganaba con hacerse pasar por ella?

Camino al cementerio, ubicado a unas pocas cuadras, iba convencido de que no era la señora, sino él el objeto de una broma pesada. Quizá sus amigos, molestos por el abandono en el boliche, maquinaron la jugarreta, pero, ¿cómo? Era poco probable que armaran una broma así, porque no eran ese tipo de personas. Trató de examinar en su mente cada una de las cosas sobre las que había hablado con Mercedes, y ninguna le pareció rara ni fuera de lo común. Le pareció una chica normal, interesante. Una chica viva, en todos los sentidos.

Ya en el camposanto, Conrado le consultó al cuidador sobre una tumba en el ala derecha con un jazmín florecido. El casi centenario señor amablemente lo acompañó hasta el lugar descripto y, efectivamente, se topó con el epitafio que rezaba:

Mercedes Carranza

1964 – 1985

De ahora en más, el ángel de la familia

Atado a la cruz ornamentada estaba el pañuelo blanco que había visto en la muñeca de Mercedes la noche anterior, mientras que sobre la gruesa placa de mármol cubierta de hojas se hallaba su campera de cuero. Conrado se la puso, pero no fue suficiente para combatir el frío que lo invadió. Era un frío diferente, penetrante. Uno que ni en el más crudo invierno de su vida volvería a experimentar.

Lo que duren mis siempres

A lo largo del proceso que mi papá atravesó para finalmente despegar de este plano de la existencia, me hice muchas preguntas. Me cuestioné todo. La vida. La muerte. Dios. ¿Qué es Dios? ¿Por qué permite que pasen cosas malas? Recordé la frase: ‘Dios es Amor’, y no sé por qué, pero desde entonces dejé de involucrarlo en asuntos meramente mundanos. Sin embargo, ese fue el punto de partida para también echar abajo mis antiguos conceptos sobre el amor, especialmente un aspecto que desde hacía tiempo me generaba inquietud: su duración. ¿Es verdad que dura toda la vida? ¿O sólo es algo que Hollywood nos metió en la cabeza con sus películas?

El amor por mi papá sigue estando más allá de que él no esté, pero, a sabiendas de que yo mismo me voy a morir, ¿puede decirse que mi amor es para siempre? Quiero decir, aquí y ahora es todo lo que tengo. Este aquí y este ahora, que son míos, se van acabar un día, porque también haré ese mismo viaje, el que todos en algún momento realizan, para ya no regresar. ¿Lleva la palabra ‘siempre’ un sello eterno o temporal? ¿Acaso alguna cosa en el universo es eterna? Meses después del dolor de ya no tener a mi viejo, me enamoré. Y unos tantos otros meses después, volví a poner en cuestión aquello que sentía y que se parecía a lo que había leído en libros, visto en filmes y escuchado en canciones.

En las semanas posteriores al rompimiento, pensé en todas las palabras que nos habíamos dicho con la persona que yo había amado. Varias de las frases terminaban con ‘siempre’ o ‘para siempre’. Y me preguntaba, entonces, ¿por qué se acabó? ¿No nos habíamos incluso prometido estar juntos hasta el infinito punto rojo? Y si alguien te ama una vez, ¿no te amará para siempre? Di un sinnúmero de vueltas en mi cabeza hasta caer en la cuenta de que, tal vez, había estado durante muchos años equivocado respecto al amor y a esa bendita palabra: siempre, un concepto temporal y físico, sin nada que ver con la abstracción de lo eterno y de no-lugar.

Sé desde entonces que, por un lado, el amor se demuestra con hechos, no con palabras, porque es algo que se construye. Y dura lo que tiene que durar, porque escapa a todo mecanismo de control que se le quiera imponer. Por otro lado, ‘siempre’ es un concepto que puede entenderse como una línea de tiempo que termina el día que tu corazón deja de latir. Por eso, ahora, cada vez que finalizo una frase con siempre, adiciono la siguiente aclaración: lo que dure mi siempre.

Catalina

Yo siempre te espero

tras la noche obnubilada,

en forzado desapego,

expectante a una llamada.

 

Porque cerca es lejos

entre antenas y pantallas,

a través de los espejos

buscando luz en tu atalaya.

 

Es esa pizca de cielo

arrinconada en tu mirada

tan fatídico anzuelo

para mi alma despistada.

 

Yo siempre te espero

tras la noche obnubilada,

creyendo que mi rezo

te traerá por la mañana.

 

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In Love, de Marcus Stone.